Primera vez fuera de casa: cómo preparar a tu hijo (y prepararte tú)

Hay una parte de estos viajes de la que casi no se habla en los folletos: no solo viaja el adolescente. Durante dos semanas, en casa también pasan cosas.

Este artículo va de eso. De cómo preparar a un chaval de trece, quince o diecisiete años para su primera estancia fuera sin la familia, y de cómo prepararte tú, que probablemente lo vas a llevar peor que él.

Antes de salir: tres conversaciones que conviene tener

La conversación de las expectativas. Los primeros días van a ser raros. No entenderá la mitad de lo que le digan, la comida será extraña, la casa estará fría y echará de menos su cuarto. Decírselo antes cambia por completo cómo lo vive: si nadie se lo avisa, interpretará esa incomodidad como una señal de que el viaje ha salido mal. Si se lo avisas, la interpretará como lo que es — la parte normal del principio.

La conversación de la autonomía. Hay cosas que no ha hecho nunca y va a tener que hacer: presentarse a unos adultos desconocidos, pedir ayuda, decir que no entiende, avisar de que llega tarde, gestionar su dinero, encargarse de su ropa. Repasarlas en voz alta antes de salir no es paternalismo: es darle un guion para los momentos de bloqueo.

La conversación de los límites. Qué se espera de él con la familia anfitriona, con el grupo y con el equipo que le acompaña. Que las normas de la casa se cumplen aunque no sean las de aquí. Que si algo le incomoda de verdad, lo dice — y a quién.

Lo que conviene practicar (y no es inglés)

Suena tonto y no lo es. Antes de salir, comprueba que sabe:

  • Hacer y deshacer su maleta él solo (y que sepa qué lleva dentro).
  • Manejar su dinero: cuánto lleva, para qué, cómo se paga allí.
  • Usar el móvil con datos en el extranjero, y qué hacer si se queda sin batería.
  • Presentarse y pedir ayuda en inglés con cuatro frases básicas. No hace falta más: hace falta que no se quede mudo el primer día.
  • Dormir fuera de casa. Si nunca ha pasado una noche fuera, dos semanas en Inglaterra es un salto grande. Un fin de semana con los abuelos o con un amigo en primavera ayuda más de lo que parece.

El tercer día

Casi siempre es el tercer o el cuarto. Los dos primeros van con la adrenalina de la novedad; después llega el bajón. Es tan habitual que en el sector tiene nombre propio: homesickness.

Se manifiesta de formas distintas: una llamada llorando, un mensaje escueto diciendo que quiere volver, o un silencio inusual. Y aquí viene lo importante: casi siempre se pasa solo, y suele pasarse rápido.

Qué ayuda:

  • Escuchar sin dramatizar. «Es normal, le pasa a casi todos, dale un par de días» funciona mucho mejor que «¿quieres que miremos un vuelo?».
  • Cambiar el foco: preguntar por cosas concretas y cotidianas (qué han hecho hoy, cómo se llama la gente del grupo, qué han cenado) en vez de por cómo se siente.
  • Confiar en el equipo que está allí. Si hay alguien de confianza en destino, esa persona lo ha visto muchas veces y sabe cómo acompañarlo.

Qué no ayuda: llamar cinco veces ese día, decirle que en casa están todos tristes sin él, o prometerle que si mañana sigue igual vuelve. Esa última frase convierte una tarde mala en una cuenta atrás.

Cuántas veces llamar

La pregunta del millón. Nuestra recomendación, y la de casi cualquiera con experiencia en esto: acordar la frecuencia antes de salir y cumplirla.

Un buen esquema para dos semanas es una llamada de vídeo cada dos o tres días, con mensajes sueltos entre medias. Suficiente para que ambos estéis tranquilos, poco suficiente para no romper la inmersión.

Porque ese es el problema real del contacto continuo: cada llamada larga en español es un rato en el que el cerebro vuelve a casa. Un adolescente que habla dos horas diarias con su madre está físicamente en Chester y mentalmente en Huelva. Y el objetivo del viaje es exactamente el contrario.

Cómo prepararte tú

Nadie lo dice, pero hay que decirlo: para muchos padres estas dos semanas son más duras que para el hijo.

Algunas cosas que ayudan:

  • Saber a quién llamar. Ten el nombre y el teléfono de la persona que está allí, y úsalo si lo necesitas. Que exista ese contacto directo es la mitad de la tranquilidad.
  • No interpretar el silencio. Un adolescente que no escribe suele ser un adolescente que se lo está pasando bien. Las malas noticias llegan rápido; el silencio casi siempre son buenas.
  • Aceptar el intercambio. Vas a pasar dos semanas de cierta inquietud a cambio de que vuelva más autónomo, más suelto en inglés y con una experiencia que va a contar durante años. Es un trato bueno, pero hay que hacerlo consciente.

La vuelta

Dos apuntes finales que sorprenden a muchas familias.

El primero: vuelve distinto. Más independiente, a veces más contestón durante unos días, con opiniones nuevas y con la sensación de haber hecho algo por su cuenta. Es exactamente lo que se buscaba, aunque en casa cueste un pequeño reajuste.

El segundo: el inglés no se le nota de inmediato. Lo que ha cambiado por dentro es la comprensión y la pérdida del miedo a hablar; eso se manifiesta semanas después, en clase o delante de una serie sin subtítulos. Si a la vuelta del aeropuerto le pides que diga algo en inglés, probablemente te mire mal. Es normal.


En nuestras citas dedicamos siempre un buen rato a esta parte, la de las familias. Suele ser la conversación más útil de todas.

Alberto y Dani — TheNomads

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